viernes, 4 de marzo de 2016

CUANDO LLEVAR CORBATA ES ANTISISTEMA

Hace unos meses un amigo mío puso una foto en su muro de Facebook en la que figuraba él vestido con rigurosa americana oscura y camisa blanca impoluta, junto al actual entrenador del Rayo Vallecano, Paco Jémez, quien aparecía con un atuendo bastante más casual. 

"Estás hecho un dandy", le señalé mediante un comentario a pie de foto. "No, Pablo", me dijo y añadió, "En Vallecas, los "currelas" somos los únicos que salimos vestidos de manera elegante, porque los que tienen pasta de verdad no necesitan vestir así." Me pareció una observación inteligente, en consonancia con la opinión que me merece él como persona.

Pero lo cierto es que al cabo de unos días no volví a pensar en ella, hasta que en la constitución del hemiciclo en la presente legislatura el debate sobre el aspecto de los nuevos diputados saltó de forma masiva a los foros de opinión. Entonces recordé las palabras de mi amigo. Y eso me indujo a una reflexión algo más profunda que he decidido plasmar hoy aquí.

En un principio, hay una circunstancia que a todas luces resulta obvia, como lo es que cualquier parlamentario es libre de escoger las ropas con las que ejercer su cargo. Tan diputado o senador será vestido de impecable traje, como en mangas de camisa atendiendo a un medio o ciudadano por correo electrónico un domingo en su casa.

No obstante, hay quienes pretenden establecer una confrontación entre lucir un aspecto casual que supuestamente los emparenta con la ciudadanía más humilde, que calzarse traje y corbata, más acorde con las élites económicas y financieras.

En mi opinión no hay nada malo en acudir vestido de forma sencilla al Congreso de los Diputados. La labor parlamentaria no se verá afectada en absoluto por ello y desde hace años hay precedentes que confirman empíricamente esta afirmación. Sobre todo si se mantiene la misma coherencia en otros ámbitos de la vida. 

Pero para mí constituye un error hacerlo con el objeto de establecer una distancia con quienes, fieles a la tradición, van a la cámara baja con la convencional corbata o traje: es decir, para diferenciarse de lo que creen que representan los demás. 

Porque eso conlleva un mensaje excesivamente maniqueo, del tipo "esos son los malos, que visten así de elegantes, porque los buenos somos más sencillos y humildes". Ese mensaje está cargado de toda una suerte de simbolismos que no siempre encuentran justificación en la razón y sí en la agitación de viejos conceptos ya superados. 




Hace muchas décadas la mayor parte de la población no podía costearse un traje o un vestido "formal". Eso estaba al alcance tan solo de las personas que podían pagarlo, que eran muy pocas. En aquel entonces, la voluntad de identificación con esa masa social mayoritaria bien podía reflejarse en la negativa a lucir corbata o americana. 

En la actualidad, la mayor parte de trabajadores asalariados en restaurantes, centros comerciales, aeropuertos, hoteles, bancos y la inmensa mayoría de negocios, viste americana y, en muchas ocasiones, corbata. Del mismo modo que es muy habitual observar a magnates, altos directivos y representantes célebres del mundo cultural lucir el atuendo más casual posible. Las famosas bermudas rojas del fallecido Emilio Botín o las barbas hipster (antes marxistas) son buena prueba de ello.



De modo que se da la cómica paradoja de que quizás hoy en día vestir de manera sencilla con la voluntad de representar a un estamento social, significa hacerlo más bien por la parte de los más poderosos. Como broma se puede decir que llevar corbata hoy en día en el Congreso es más antisistema que no llevarla.

En cierta manera, entronca perfectamente con la teoría del "elitismo invertido" de Daniel Innerarity, el cual denuncia que para combatir a "la élite", se necesita de la construcción de otra: la élite popular. Concepto este del elitismo popular que, por supuesto, es lo suficientemente genérico y flexible para los usos que sean necesarios.

La utilización de la imagen estética ha sido manejada desde tiempos inmemoriales para lanzar un mensaje determinado. El problema es que los conceptos no siempre han permanecido inalterables y lo habitual, como suele ocurrir en nuestra Historia, es que lo que antes significaba algo determinado, pueda reflejar lo contrario al cabo de un tiempo. 

Bien lo sabían los punks primigenios de los 70, quienes también buscaban la imagen de la provocación vistiendo en ocasiones corbatas y americanas junto con un mensaje vagamente nihilista y supuestamente antisistema. Duró lo suficiente hasta que su uso en muchas de esas bandas fue tan convencional que ya no servía a su propósito. Se había institucionalizado.




A mí, personalmente, me gustaba acudir a los plenos con traje y corbata. Constituía una suerte de uniforme de trabajo que tampoco me era ajeno por mi condición de abogado. No pienso que me hiciera ni mejor ni peor, pero me gustaba la idea de que, de alguna manera, un aspecto tan "oficialmente" formal constituía a dignificar lo que para mí era la ocupación más importante que he desempeñado. Que no era otra que confeccionar las leyes que después se aplicarían a decenas de millones de personas. 

Por supuesto, como ya he afirmado, mi labor hubiera sido exactamente igual vestido con mis habituales camisetas de los Ramones o Motörhead, que suelo ponerme cuando estoy en casa o durante el verano. Pero me gusta la idea de que si para determinadas actividades nos ponemos el uniforme "adecuado", incluso para salir a cenar o acudir a una boda, porqué no hacerlo también para trabajar.

La imagen casual solamente tiene su razón de ser cuando es auténticamente casual, algo que casi nunca suele suceder. Cuando la misma es buscada de manera voluntaria y enfatizándola ante el aspecto de los demás, se convierte en un uniforme más, como cualquier otro. No más humilde, ni más criticable. No es mejor, ni peor. Tan solo otro disfraz más. 

Por otra parte, como ya he afirmado repetidas veces, vestir de una determinada manera no nos hace peores ni mejores. Por lo que no es válido descalificar a las personas en función de su aspecto. 

Por ese motivo, jamás podré estar de acuerdo con la supuesta superioridad moral que emana de quien se sitúa por encima de los demás en función de su imagen. Y he sufrido esa discriminación en los dos sentidos: cuando vestido de traje y corbata he apreciado miradas de desdén por parte de personas de aspecto más sencillo y a la inversa.

Y, por la misma razón, el mensaje de que hay que vestir como "el pueblo" (otro concepto genérico y que no representa, en realidad, a nadie) porque éste es mejor que los que le han representado hasta ahora, es demagógico.

Todos deseamos ser representados por los mejores. Pero estos pueden ir perfectamente enfundados en un traje de Ermenegildo Zegna, como hacerlo en un bañador de Carrefour. Lo que no puede pretenderse es descalificar con el tópico habitual de las clases dirigentes con traje, puro y sombrero de copa para sustituirlo por el de las clases humildes con ropa de saldo como las verdaderamente idóneas para gobernar el país.

La estética y la moda son un foco de vanidad y frivolidad del que muy pocos pueden abstraerse en la realidad. Pero al menos que estén desprovistas al máximo de prejuicios y de ideología. Que solamente nos pongamos ese traje negro azabache o esos pantalones de cuero sencillamente porque nos gustan y nos hacen sentirnos bien y más cómodos con lo que hacemos, no porque nos hacen creernos mejores que los demás.

Incluso es posible vestir con vaqueros y camisa en el Congreso de los Diputados y acudir a los Premios Goya con esmoquin. Pero estaría bien hacerlo con un discurso coherente al respecto. Lo demás, denota postureo.




jueves, 1 de octubre de 2015

SOBRE EL PODER Y LAS PERSONAS

Ahora que ya enfilo los días finales de mi trayectoria parlamentaria, he reflexionado mucho sobre cómo ha cambiado mi vida y a mi persona una experiencia vital como ésta. Quizás no me corresponde realmente a mí hacer esa valoración y sí a las personas que me conocen bien y desde hace tiempo. A ellos les preguntaría si casi ocho años después de haber comenzado mi andadura en la política institucional soy tan necio como antes o si, por el contrario, aún lo soy más ahora.


El gran Abraham Lincoln nos dejó muchas cosas para la posteridad. Entre ellas, numerosas sentencias y aforismos que me gusta rememorar de vez en cuando. Uno de ellos es especialmente apropiado para el tema de este texto: "Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder."


Aunque es probable que el expresidente de EEUU conociera antes las palabras de Pítaco de Mitilene, uno de los 7 Sabios de Grecia: "Si queréis conocer a un hombre, revestidle de un gran poder. El poder no corrompe, desenmascara."


Cuánta verdad hay en estas sabias palabras de personas que llegaron a ser de las más poderosas de su tiempo. Sin duda Lincoln debió preguntarse muchas veces hasta qué punto le había afectado el ejercicio del poder y, a su vez, pudo comprobar qué repercusiones tenía entre las personas que le rodeaban.




Por supuesto, bajo ningún concepto considero que yo haya tenido capacidad de mando alguna por haber sido diputado. Pero sí he conocido a algunos que dentro del ámbito político lo han tenido y no, necesariamente, desde el principio.


Claro que, en realidad la pregunta no es si el poder cambia a las personas. Sino que  todos tenemos unos atributos inherentes y que lo único que hace la autoridad es ponerlos de manifiesto con mayor publicidad.


Y, efectivamente, tras casi ocho años en la política sí he podido apreciar por mi cuenta como algunas de las personas que he conocido han mostrado su peor cara en cuanto han tenido mayores responsabilidades. Vamos, que no es que se hubieran vuelto unos cabrones, sino que ya lo eran con anterioridad, tan solo que no tenían oportunidad de mostrarlo cada día y con tanto público.


En cierto modo esto me recuerda a lo que decía una familiar mío en referencia a las drogas y en que estas te puedan dejar permanentemente perjudicado: "Los que se vuelven tontos tomando drogas ya lo eran antes."


Bromas aparte, lo cierto es que esa es una de las caras más amargas del ejercicio de la política. No la única, pero sí una de las peores. Porque tratas a menudo con gente que se comporta como auténticos tiranos con los demás, con personas que mienten para hacer daño a otros o que avasallan a todos los que se les ponen por delante. Pero que luego públicamente defienden valores como el respeto, el honor o la pluralidad. Y tú sabes cuánto cinismo e hipocresía hay en sus palabras.


Como sucede en el ámbito empresarial, familiar u ocioso, por otra parte. Siempre han existido personas venenosas que se crecen en cuanto tienen capacidad de decisión a su alcance. Pero en todos esos casos se trata del ámbito privado. La gravedad de la política es que esos sujetos son personajes públicos y con un doble perfil. 




En cualquier caso estos personajes son, afortunadamente, minoritarios. Porque también he podido comprobar como la mayoría de personas que he conocido en la política dan lo mejor de sí siendo, en general, bastante coherentes consigo mismos. 


Considero que el poder es un elemento neutro, que en función de quién lo ejerce y de cómo lo hace tiene consecuencias negativas y positivas para los demás. Pero sí hay que reconocerle una cualidad positiva original y es su capacidad de reflejar el alma de sus usuarios con toda nitidez. 


jueves, 11 de junio de 2015

POR QUÉ LO LLAMAN HONOR CUANDO QUIEREN DECIR ODIO

El espectáculo de las negociaciones para conformar gobiernos de progreso en muchos ayuntamientos y comunidades autónomas, ha comenzado. Se acabaron las declaraciones altisonantes en tertulias y ruedas de prensa. Ya no caben tuits ingeniosos ni campañas en las redes sociales encaminadas a enardecer las hordas. Ahora se negocia el futuro de millones de personas en el país y cada partido será juzgado en función de su posicionamiento. 


Es público y notorio que la formación Podemos ha afirmado que no formarán parte de gobiernos que estén presididos por socialistas, si bien han matizado después que depende de lo que decida cada organización regional a través de sus bases. El motivo para vetar a esas personas no está relacionado con la honradez, la capacidad, las ideas o el historial de los candidatos presidenciables del PSOE, como cabría pensar. El motivo, sencillamente, es que son del PSOE. Y, con eso, es suficiente.


Curiosamente, si el ejecutivo en cuestión tiene integrantes socialistas en función de consejeros o regidores, no parece que haya inconveniente alguno para compartir aventuras políticas. El problema son las presidencias de las instituciones. 




Y son un problema para los estrategas podemitas, porque ellos saben muy bien que el poder que emana de los gráficos en los que se dibujan los gobiernos de las CCAA y municipios, en los que siempre se pone el color y logotipo del partido que los preside aunque sean de coalición, constituye un balón de oxígeno para los socialistas. Y ellos no quieren que el PSOE respire. Quieren que se asfixie.


Porque Podemos no quiere sustituir al PSOE. Podemos quiere ser el PSOE. Y para poder serlo, antes debe matarlo. Y no puede matarlo si éste sigue vivo presidiendo comunidades, capitales y municipios importantes. 


No importa que las similitudes programáticas entre ambos lleguen a porcentajes tan elevados que casi parecen absurdos (si bien es Podemos quien ha modificado sus programas, no el PSOE). Da igual que, por ejemplo, los antecedentes socialistas en Madrid (capital y comunidad), Baleares (incluido el Ayuntamiento de Palma de Mallorca) o Valencia (ciudad y comunidad) no fueran desastrosos y se caracterizaran, aún con sus errores, por ser gobiernos progresistas.


En nada influye que el PSOE haya sido la lista más votada entre todas las opciones de izquierdas en esas instituciones que pretende gobernar y que, en aquellas que no lo ha sido, no tenga inconveniente en apoyar a la lista con más apoyos, siempre y cuando sean partidos u opciones progresistas. 


Sencillamente, Podemos odia al PSOE. Porque el PSOE es todo lo que le gustaría ser pero, de momento, solamente les llega para ser Izquierda Unida. Es lógico, teniendo en cuenta que una gran parte de sus dirigentes proviene de esa formación. Al parecer, en el tránsito de una a otra no solamente se trajeron sus bártulos sino que también les acompañaron los rencores, los complejos y la envidia que siempre nos han profesado.


Esos complejos que explican que, en los debates parlamentarios, los diputados de IU  sean incapaces de aplaudir intervenciones brillantes de portavoces socialistas. Pero que luego te reconozcan en privado que les ha gustado mucho y que si no han aplaudido es porque "nuestra gente lo hubiera visto mal." 




Por supuesto, a la inversa, no son pocas las veces que desde la bancada socialista se aplaude a diputados de otros grupos parlamentarios, Izquierda Unida incluida. 

Quizás lo que le ocurre a Podemos es que saben que son fruto de una situación coyuntural excepcional y que, si esa situación desaparece, también lo hará su razón de existir. En realidad, no les interesa que haya un gobierno que cubra los intereses sociales de los ciudadanos siempre que no sean ellos, porque eso supone corroborar que no tienen la exclusiva en cuanto a las políticas que buscan la equidad y la justicia social. 

Y, claro, cuando te has pasado varios años diciendo que solamente tú eres capaz de resolver los problemas, cuando te has cimentado sobre una falacia que incluso algunos de sus máximos dirigentes reconocen falsa, como que PSOE y PP son lo mismo, cuando lo que has hecho ha sido sembrar el odio y el rencor contra el prójimo de manera sistemática, resulta casi imposible después actuar con otros principios rectores que no sean los que te han aupado al tercer lugar en el mapa político. 


Por eso Podemos no debe justificar su actual posicionamiento como una cuestión de honor u honradez. No hay honor alguno en el veto a los demás cuando han obtenido más apoyos que tú y proponen lo mismo que tú. No es honorable descartar por cuestión de estrategia política a un partido cuando la finalidad debería ser ayudar a mejorar la sociedad en que vivimos, si no puedes o no quieres liderar tú esa responsabilidad. No pueden hablar de honor cuando lo que nubla su razón y su lógica es el odio. 

Un odio irracional, rencoroso, y que acabará consumiéndolos. Quizás lo que deberían hacer es eso. Empezar por reconocer que aquello que dicen que es honor es odio.

Llamar a las cosas por su propio nombre es un buen comienzo para un diálogo sincero. 

lunes, 16 de marzo de 2015

SI LA VIDA FUERA UN VIDEOJUEGO

A menudo me gusta pensar cómo sería la vida si transcurriera exactamente igual que en los videojuegos. 

Me fascina la idea de que pudiéramos volver atrás cada vez que cometiéramos un error y comenzar de nuevo la partida, con la barra de energía bien cargada y todas las herramientas preparadas. Porque de esta forma sabríamos dónde se esconden los obstáculos, los enemigos que nos acechan y  dónde están los tesoros ocultos. 

Tendríamos más tiempo para poder conocer a las personas mejor y saber cuáles valen la pena y con cuáles es mejor no cruzarse con ellas. Trataría de hacerlo bien donde lo he hecho mal e intentaría dejar alegría donde he generado tristeza.  

Y si tan solo quisiera tomarme un pequeño descanso, apretaría el botón de pausa para luego continuar tranquilamente sabiendo que todo va a permanecer en el mismo lugar.

Sería genial poder afirmar: "Hoy voy a pasarme este día con un perfect".


Si la vida fuera como un videojuego, podríamos curarnos de las enfermedades comiendo setas y hongos que se cruzan con nosotros por la calle. Nos haríamos más grandes, más fuertes y nuestra salud se recuperaría sin depender de nuestra capacidad económica, de la codicia de las compañías farmacéuticas, ni de quienes hacen un negocio a costa de la salud de los demás. 



En mi vida, si fuera como en un videojuego, cargaría todos los trucos y pokes que pudiera para tener vidas, salud y dinero infinitos. Se lo aplicaría a las personas que quiero para que pudiéramos estar juntos sin más preocupaciones que cómo empleamos el tiempo sin límite del que disponemos. No tendría que sufrir por su pérdida y, si discutiéramos, podríamos hacer las paces siempre que quisiéramos. 

Aprovecharía para viajar por el espacio con naves increíbles que van más allá de la velocidad de la luz y volvería después para contar lo que he visto, como el replicante Nexus 6 de Blade Runner.

Podríamos editar el mundo y sus escenarios a nuestro antojo. Así, cuando ya estuviéramos cansados de ver siempre el mismo desierto o las mismas montañas, lo modificaríamos para que el día fuera la noche o la noche el día, que donde antes había tierra hubiera agua, o que donde había arena hubiera selva. 

También podríamos cambiar nuestro aspecto y usar por un día (o los que quisiéramos) peinados imposibles, largas barbas y ropas estrafalarias.



¿Qué haría si la vida fuera como un videojuego? Un día sería Messi, para saber cómo se siente cada vez que corre con el balón pegado a los pies mientras cien mil gargantas aúllan su nombre. Al siguiente, sería un luchador de artes marciales. Daría patadas voladoras a cinco metros de altura y volteretas hacia atrás como si nada. 

Cuando me cansara me convertiría en piloto de caza; o capitán de submarino; o en un cyborg gigante. Quizás sería PacMan durante un tiempo, para que los fantasmas me persiguieran hasta que comiera fruta y pudiera perseguirlos yo a ellos. 

Eso sí, nunca elegiría ser una pieza del Tetris. Lo de estar girando sobre mí mismo constantemente para tratar de encajar lo mejor posible con otras piezas no me acaba de convencer...;-)



Si la vida fuera un videojuego, el amor sería algo casi perfecto, indestructible y eterno. Pero antes deberíamos rescatar a nuestros seres queridos de la guarida de un malvado dragón, del local de un gángster o de las garras de la propia muerte. 

Aunque la recompensa sería enorme, porque sería el pasaporte a una vida feliz para siempre jamás, en la que bellos atardeceres junto al mar contemplan a la pareja, ensimismada mientras una emotiva melodía acompaña la bucólica escena.




Por todo eso y muchas cosas más, a veces uno desearía que la vida fuera como un videojuego en el que nosotros controláramos el mando y no fuéramos el títere de nadie. Para poder ser, en definitiva, más divertidos, más originales, más imaginativos. Mejores. 

Porque no puede haber nada mejor que ser el dueño de tu propia realidad y conseguir modificarla y vivirla como a ti te gustaría, y no solamente con el personaje que nos han asignado que, aunque sea bueno, no lo hemos elegido y tiene sus limitaciones. 

Así jugaríamos todos. 

sábado, 31 de enero de 2015

CULPABLES DE SER INOCENTES

En 1995, el filósofo francés Pascal Bruckner escribió su obra "La tentación de la inocencia". Se trata de un ensayo en el que el pensador galo, entre otras cuestiones, desdeña la corriente vigente en nuestra sociedad por la que tendemos a desproveernos de cualquier responsabilidad ante los problemas. Sostiene que esta actitud se sustenta en dos "enfermedades" contemporáneas: la infatilización y el victimismo. 


Así pues, la dificultad que entraña ser libres y dueños de nuestras decisiones, opiniones y (afirma él) nuestro destino, nos abruma y escapamos de las consecuencias que comporta. De la responsabilidad de nuestros actos. Actuando como si fuéramos niños a los que todo está permitido o bien como mártires




Hace unos días conversaba con unos amigos sobre la situación de Grecia tras la reciente victoria de Syriza. Todos estábamos de acuerdo en que las medidas de austeridad que habían impuesto la UE, el BCE y el FMI habían sido excesivas y contraproducentes. Cuando debatimos sobre el origen del estado precedente del país heleno y cómo habían llegado a ese contexto, ya no hubo unanimidad. Al menos no en todos los aspectos. 


De nuevo coincidíamos en que la mayor parte de la culpa les correspondía, por motivos obvios, a los dirigentes griegos que habían falsificado su situación contable, así como habían permitido auténticos dislates con prestaciones sociales mediante. Pero algunos opinábamos que había una parte de la responsabilidad, menor, pequeña, aunque real, que correspondía a algunos ciudadanos. 

Poco importaban los datos y los argumentos. Desde la existencia de un fraude fiscal de más de 20.000 millones de € anuales que, aunque en su mayor parte se genere por las grandes fortunas y empresas (como en España), también se podía imputar una porción de autoría a ciudadanos menos pudientes (como en España). Hasta la connivencia de todos los que percibían salarios desorbitados y prestaciones increíbles de jubilación anticipada o por otros conceptos bastante marcianos. Pasando, finalmente, por la necesaria complicidad de los que habían seguido votando hasta los recientes comicios a los dirigentes que habían creado y consentido todos estos desmanes. 


Para esos amigos no existía ni un ápice de responsabilidad que pudiera ser achacada a los ciudadanos griegos en la generación del estado de bancarrota de su país. Naturalmente, en  su concepto de ciudadanos no cabían los empresarios poderosos, ni los que forman parte de estamentos "superiores" como el ejército o los religiosos. Nada. Todo era culpa de los políticos, aunque admitían que no de todos. 


Es un concepto ciertamente romántico, una idea sugerente, tentadora. Pensar, por ejemplo, que los 253.000 millones de € que en España cada año escapan al control fiscal según GESTHA  solamente corresponden a los peces gordos, a Messi y a otros potentados, es muy reconfortante. Porque nos permite evadir el análisis sobre quienes nos rodean y, sobre todo, de nosotros mismos. 




La culpa la tienen los gobiernos, que no hacen nada o muy poco para combatirlo, piensan muchos. Lo de las facturas sin IVA, las descargas ilegales y otras naderías similares y que, según el Instituto de Estudios Fiscales, más de la mitad de los españoles justifique el fraude fiscal poco importa.


Otro tanto sucede con nuestras elecciones personales. Las llevamos a cabo muchas veces por motivos que responden más a otras cuestiones que a la razón. Desde el delegado de la clase que apoyábamos porque es "mi amigo" sin importar si era una persona trabajadora y con capacidad para representar los intereses de los alumnos, hasta los representantes en el comité de dirección o ¡sorpresa! los políticos electos. 


No digo que todos lo hagamos siempre así. Afirmo que muchas veces sucede. Y luego nos desentendemos completamente de esa decisión, algo que queda reflejado en las encuestas según las cuales un porcentaje mucho menor de ciudadanos reconoce haber votado al PP en noviembre de 2011, de los que en realidad lo hicieron.


Así, en muchas ocasiones, se elige a un representante no porque sea el más capacitado, el más preparado, el que tiene más carisma o el, sencillamente, más indicado. Se elige porque es "de los nuestros", o porque es el único que puede garantizar la vigencia de nuestro estatu quo, o porque el otro nos cae mal porque un día no nos saludó en un acto, o cualquier otro motivo similar. 


Es decir, cuando apoyamos a alguien a sabiendas de ser una opción menos adecuada, pero aún así aceptamos hacerlo. Algo que cualquier persona que lleve un tiempo militando en la política sabe que sucede, pero que no es ajeno tampoco a otros ámbitos de nuestras vidas.


Luego, cuando vienen los desengaños, las decepciones, las derrotas o las contradicciones, muchos no recuerdan o no quieren hacerlo, que si esa persona había llegado hasta allí es porque ellos y muchos otros como ellos contribuyeron con su pequeña aportación personal a ponerlo. 


Y no me refiero a las personas que no cumplen las promesas que habían formulado, motivo lógico para desentenderse de ellas. Sino al que es incapaz de comunicar bien; o tiene una alarmante falta de preparación y conocimientos sobre la materia; o desprende menos carisma que un cepillo de dientes. Todas ellas características conocidas de antemano.


Naturalmente, no pretendo que nadie lea estas líneas y después haga un ejercicio de contrición, reflexionando durante horas con el Agnus Dei del Réquiem de Mozart sonando, mientras está sentado en la oscuridad en el sofá de su casa. 


Solamente quiero manifestar mi convicción sobre la necesidad de comprender que todos nuestros actos conllevan consecuencias, responsabilidades, en cualquiera de las esferas en las que los adoptamos. Y que de ese reconocimiento y asunción de responsabilidad sobre los mismos puede generarse la semilla de la rectificación para no volver a cometer los mismos errores de nuevo. Porque la tentación de la inocencia sobre ellos es un lujo que no podemos permitirnos y del que debemos alejarnos sin demora alguna. 


Nada mejor que cerrar este texto con una referencia al inicio del mismo. Concretamente, la frase con la que se abre el libro de Bruckner, del escritor francés Louis Ferdinand Céline

"Todos los demás son culpables, salvo yo."

martes, 20 de enero de 2015

LA POLÍTICA CUÁNTICA Y LA TEORÍA DEL TODO

Me fascina todo lo relacionado con la física cuántica o mecánica cuántica. Desde lo irracional para nuestro limitado intelecto de algunas de sus premisas, hasta las posibilidades que emergen de las mismas. Por ejemplo, que una partícula (un electrón) pueda estar en dos lugares al mismo tiempo es, sencillamente, prodigioso. A esto se le denomina "estado de superposición" y, como es lógico, choca frontalmente con los principios de la física tradicional. 


Ocurre, sin embargo, que el estado de superposición tiene su némesis en el "principio de la medida". Según el mismo, desde el momento en que situamos a "un observador de electrones" para que compruebe por dónde "pasan" estos, las capacidades cuánticas desaparecen y entonces el electrón pierde el don de la ubicuidad. 




Banalizando aún más esta explicación, podríamos decir que los simpáticos electrones son unas partículas elementales tan excepcionales como tímidas y que cuando actúan ante un público expectante de comprobar sus mágicas habilidades, se muestran recatados y "convencionales".


Otros aspecto que me apasiona de todo el tema es que la mecánica cuántica genera uno de los grandes enigmas científicos actuales y es que sus principios son irreconciliables, de momento, con la teoría de la relatividad general. Es decir, la explicación sobre lo que es minúsculo (más pequeño que el átomo) en nuestro universo no casa con la que define lo que es grande (a partir del átomo). Eso establece la paradoja, en principio, de que si una es cierta, la otra no lo es. Y para su conciliación las diversas "Teorías del Todo" que se enuncian actualmente, tratan de explicar este sorprendente acertijo.


Pero no obstante toda la perorata pseudocientífica que antecede a estas líneas, el ámbito de la política se caracteriza por haber sido el primero en demostrar que sí es posible combinar lo irreconciliable, unir el todo y la nada en uno solo, fusionar el ying y el yang: la cohabitación de las dos teorías. 


Hasta el momento, el escenario mundial de la política se había escindido en dos bloques tan básicos como homogéneos a su vez cada uno de ellos: izquierda y derecha. Había un consenso generalizado en que ambas visiones del mundo no podían coexistir al mismo tiempo y en el mismo espacio, es decir, o se era socialista, o comunista, o se era conservador y liberal, pero ambas cosas al mismo tiempo, no. 


Por poner un ejemplo más gráfico, o estás a favor de la existencia de un Estado del Bienestar y del intervencionismo del Estado en la economía, o a favor del principio según el cual los individuos deben valerse por sí mismos y la intervención de los poderes públicos debe de ser mínima cuando no inexistente. Se podía defender una cosa o la otra, pero ambas eran antagónicas y, por lo tanto, incompatibles.


Conviene no confundirse con aquellos que enunciaban su alineación en uno de los dos lados del espectro, pero llevaban a cabo las prácticas del otro, es decir, a los farsantes o prestidigitadores que solamente buscaban ganar algo de tiempo mientras hacían y deshacían a sus anchas.


Al igual que muchos experimentos científicos que se llevan a cabo sobre superficies putrefactas para observar a las bacterias que interactúan en ellas, han emergido diversas formaciones políticas al albur de la crisis que con su ejemplo han conseguido demostrarnos a todos los que todavía no hemos visto la luz que nos hallamos en la etapa de la física newtoniana, es decir, desfasados, superados.


Así pues, estas fuerzas nos han explicado que es completamente errónea la existencia de dos posiciones antónimas como son izquierda y derecha. Afirman que la ideología no existe y que TODO se puede explicar a través de una única teoría, una única verdad: la suya. 


En un alarde sin precedentes de hallazgos científicos y confirmaciones teóricas, hemos podido asistir en pocos meses a su transformación (¿un guiño al Experimento de Griffith?) de comunistas a centristas, pero también a socialdemócratas




Pero sin duda, sus capacidades cuánticas se han visto demostradas desde el momento en que han acreditado ser capaces de estar en un lugar y en otro al mismo tiempo, es decir, han sido capaces de emular a los electrones y dominar el Estado de Superposición Político. Porque hoy en día se puede ser socialista, comunista, de centro, de izquierdas y de derechas al mismo tiempo...¡y no ser nada a la vez, puesto que, recordemos, son conceptos ya superados!


Y todo ello con el más absoluto desparpajo, con los atributos taumatúrgicos de las particulas subatómicas, pero...¡aplicados en el mundo macroscópico! A formaciones políticas, personas y en medios de comunicación muy...terrenales, diría yo. Toda una proeza, sin duda, porque de esta forma, como decía, han conseguido hacer converger las particularidades de la mecánica cuántica (el estado de superposición aludido) con las de la relatividad general, que se aplican al "mundo grande" y hacerlo, además, a la vista de todos, con observadores y público, por lo que sobrepasan el principio de la medida.


Además y ya finalizo con esta última constatación, dado el brevísimo lapso de tiempo transcurrido desde la aparición de estas formaciones políticas, una de las consecuencias de la aplicación de la relatividad general es la dilatación gravitacional del tiempo, según la cual el tiempo es "relativo" y depende de la posición del "observador". 


Así, para algunos observadores y en función de su posición, su tiempo solamente acaba de iniciarse y aún les queda mucho espacio por recorrer. Otros observadores, entre los que me incluyo consideramos que al igual que sucede con algunos experimentos científicos, existen mientras se lleven a cabo prácticas en el campo de pruebas formado por la inmundicia, miseria y crisis, lugar idóneo para su análisis. Pero al igual que muchas otras bacterias desde el momento que desaparezca su lugar de cultivo, desaparecerán también ellos.

El tiempo dirá si estoy equivocado o no. Pero claro, también eso es relativo.







martes, 25 de noviembre de 2014

LOS INDOMABLES DE LA POLÍTICA

Hay una escena en la película "El indomable Will Hunting" que supone el punto de inflexión de la relación entre el malogrado Robin Williams y Matt Damon. Este fragmento hace que merezca la pena todo el visionado de la obra, porque el diálogo que declaman los actores me parece enormemente acertado, aunque hay que reconocer que funciona por sí solo, como comprobaréis. 

Me refiero, naturalmente, a la escena del parque:


Desde hace un tiempo, la escena política española se ha poblado de "indomables". Se trata en la mayor parte de los casos de perfiles técnicamente muy cualificados, con currículums académicos que contienen siempre carreras universitarias y varios másters. Una gran parte de ellos titulados en Ciencias Políticas o Comunicación, cuando no ambas. 


Se caracterizan, también, por disponer de una batería de medidas o propuestas que ponen de manifiesto cuán estúpidos hemos sido los demás al no vislumbrar lo que ellos con su supremacía intelectual han conseguido descifrar: el sancta sanctorum de la política; la piedra filosofal que permite sufragar las finanzas públicas sin límite; el cielo, según lo que quieren asaltar algunos.


Nada escapa a su omnipotencia y cualquier materia es abordada con idéntico entusiasmo y ausencia de prudencia y humildad. Si hablamos sobre el sistema bancario ellos saben lo que hay que hacer: nacionalizar a los que se porten mal; ¿Los paraísos fiscales y el fraude fiscal? Acabarán con esa lacra y fundarán una nueva sociedad de ciudadanos responsables que pagan alegremente sus impuestos, desde el mecánico del taller a los presidentes de las grandes empresas que no hayan sido expropiadas. ¿Jubilación a los 60 años? Pues claro que sí, ¿Por qué no?


Al igual que pensaba Will Hunting, las opiniones de los demás carecen de validez, sin perjuicio de su contenido, porque no somos tan espléndidos como ellos. Poco importa que esas opiniones estén fundadas en la práctica y la experiencia. En los errores cometidos, en los aciertos. Lo único que importa es que lo que ellos dicen es mejor, porque lo dicen ellos. 


Pero en mi opinión, más humilde que la de esos genios de la política y por lo tanto sujeta a crítica, su actitud es comparable a la de pretender que los libros de botánica huelen a flores solamente porque tratan sobre ellas.





Porque es muy fácil hablar sobre un incremento desorbitado de la partida para políticas sociales de acuerdo con lo que las teorías más intrépidas señalan, cuando nunca se ha gestionado un presupuesto público y se desconocen las consecuencias de hacer promesas milmillonarias sin saber cómo van a financiarse realmente.
Es relativamente sencillo afirmar que la lucha contra el fraude fiscal que tantos estudios e informes han detallado permitirá pagar todas las ideas que de las pizarras van a pasar a las instituciones; pero será porque quieres ignorar que determinadas cuestiones que no dependen de ti, como que la UE no va a eliminar los paraísos fiscales, echan a perder la mayor parte de tus previsiones de ingresos. 


Y es entonces cuando tienes que preguntarte cómo vas a poder pagar una sanidad, una educación y políticas de dependencia si la previsión de ingresos se reduce un 40% aproximadamente de un año a otro. Y te das cuenta que todos esos datos y documentos en los que se reflejan audaces propuestas solamente tienen su utilidad en un escenario económico y social diferente.


Es atractivo para muchos ciudadanos plantear tu programa electoral como un contrato civil cuyo incumplimiento supone la revocación inmediata de tu mandato. Seguro que en las aulas de las facultades de Ciencias Políticas se habrá teorizado mucho al respecto. 


Pero eso es porque nunca han tenido la ocasión de comprobar desde un gobierno, que el programa está basado en previsiones a varios años vista que dependen de multitud de factores sociales y económicos; que ni los sociólogos y economistas más preparados son capaces de garantizar esas previsiones; que cuando la realidad se empeña en variar el rumbo de las cosas es irresponsable continuar con el plan inicial; y que si eres coherente con tu "contrato" a los 6 meses de gobernar puedes tener que dejar de hacerlo. Y el siguiente igual. Y el siguiente igual.


En definitiva, que no pueden darse lecciones desde una supuesta superioridad ética e intelectual cuando se olvida que hace más de 2.500 años que Tucídides dio con una de las claves para comprender que entre hombre y hombre no hay grandes diferencias y que la superioridad consiste en aprovechar las lecciones de la experiencia. 


Que la política no es tanto lo que emana de las materias aprendidas en las facultades universitarias y grandes manuales teóricos, sino de la práctica de esas teorías sobre el escenario de la vida real y que esa práctica, a algunos, nos ha permitido comprobar cuán errónea era la teoría en cuestión. Que con muchos errores hemos conseguido algunos aciertos.

Y que en eso de practicar desde las instituciones el PSOE lleva algo más de 30 años llevándolo a cabo. Y que todavía tenemos que mejorar muchísimo, porque no somos perfectos y cometemos, como decía, errores. Pero que son precisamente los errores los que, a pesar de nuestros aciertos, nos obligan ser humildes y a no decirle a los ciudadanos lo que a todos nos gustaría escuchar, pero no es tan fácil de hacer. Por eso elegimos decir que lo que hacemos es difícil, aunque no todos nos quieran escuchar. Por eso perseveramos. Perseveramos.