martes, 9 de octubre de 2012

25 DE SEPTIEMBRE DE 2012

De casi todos los acontecimientos históricos en los que el pueblo se ha rebelado con mayor o menor fortuna contra sus dirigentes, conservamos en la retina imágenes asociadas a estos que sintetizan lo sucedido. En algunos casos, obras de arte que presentan alegorías de esos instantes como el "Asalto al Palacio de Invierno de San Petersburgo" o el de la Revolución Francesa de 1830 (que erróneamente se atribuye en ocasiones a la de 1789). En otros, fotografías y/o vídeos como la archiconocida foto del hombre anónimo con las bolsas de la compra que se encara con un tanque en las protestas de la Plaza de Tiananmen de 1989.


A pesar de que hay un abismo en cuanto a la importancia histórica entre los acontecimientos que cito y el pasado día 25 de septiembre de 2012, sí hay una imagen que refleja de alguna manera los excesos y errores llevados a cabo ese día por las fuerzas de seguridad y, especialmente, por quienes dieron las instrucciones políticas sobre cómo debían resolverse los incidentes que hubiera. Ésta es la imagen en cuestión:


Cualquier persona comprende la necesidad de un dispositivo policial ante una manifestación que pretende la ocupación del Congreso de los Diputados, durante la celebración de una sesión plenaria. Incluso la primera carga que se realiza contra los manifestantes que pretenden saltar las barreras o derribarlas tiene justificación. Pero a partir de ese momento, cuando se contemplan escenas en las que la policía agrede con sus porras por encima de la cintura a ciudadanos que no realizan actividad subversiva alguna, contra personas caídas al suelo e incluso algunas de ellas de avanzada edad, no existe ningún argumento que pueda convencerme de la necesidad e idoneidad de semejante comportamiento.

Porque la policía, como defensores en última instancia de la legalidad y del Estado de Derecho, algo que se nos ha repetido en numerosas ocasiones en estos días, estaba allí para evitar incidentes y proteger a los diputados y ciudadanos, no para provocarlos o agredir gratuitamente a estos últimos.

Pero como ya he comentado en otra ocasión, no es la policía la principal responsable de los atropellos que se han cometido sobre los manifestantes no violentos que acudieron el pasado 25 de septiembre a las puertas del Congreso. Al menos, no los responsables intelectuales. Son quienes dieron las instrucciones políticas a los mandos de actuar con contundencia y deliberadamente quienes pretendían escarmentar a los que habían osado plantarse en Plaza Neptuno. La Delegada del Gobierno en Madrid, principal perpetradora de estos hechos, dijo textualmente en televisión que la policía había hecho lo correcto porque: "Lo había dado todo".


No seré yo quien defienda y comparta los objetivos de los manifestantes, pero sí tengo muy claro que debo defender el derecho de la mayoría de ellos a hacerlo pacíficamente y que reciban el respeto y consideración que como ciudadanos de un país democrático merecen. Hay determinados episodios de aquél día que generan escalofríos, impropios de nuestra sociedad.

Sin embargo, no pretendo huir del debate generado en torno a esos motivos por los que miles de ciudadanos decidieron llevar a cabo un acto de protesta sin parangón en nuestra historia democrática. Algo sucede para que de la noche a la mañana, personas normales con vidas comunes como las de todos nosotros den un paso que años antes jamás se hubieran atrevido a dar.

Pienso en el Congreso de los Diputados como el espejo en el que nos reflejamos los políticos y en el uso que se le ha venido otorgando en los últimos meses. Pienso en un Presidente del Gobierno que no comparece para dar las explicaciones pertinentes sobre asuntos cruciales para los españoles, que sí se debaten en el Bundestag o en Finlandia. Recuerdo propuestas formuladas esta misma legislatura para abrir sus puertas y acercarlo a los ciudadanos permitiendo su participación, rechazadas con una frialdad pasmosa. Reflexiono sobre la cantidad de Decretos-Leyes que sustraen el debate parlamentario y no permiten que se visualicen las propuestas de otros grupos que no sea el Gobierno.



Entonces, me doy cuenta de que el objetivo del Partido Popular de ahondar en el desprestigio de la clase política es una realidad. Sabedores de que siempre es la izquierda la que sale perjudicada de la puesta en marcha del ventilador ante un montón de estiércol, acentúan su desdén sobre la ciudadanía; exageran su desprecio ("que se jodan") sobre los demás; aumentan su supuesta indiferencia ante las protestas ciudadanas. A ellos les perjudica, sí. Pero a nosotros nos perjudica el doble y ahí están los datos sobre popularidad e intención de voto. 

Y esa desafección, ese descreimiento en las personas y las instituciones que nos dedicamos a la política acaba transformándose en rabia, impotencia, desesperación. Todas ellas necesarias para llevar a cabo sucesos como el del 25-S. No los actos violentos. Sino los de las personas pacíficas (la mayoría) que decidieron acudir a la convocatoria o apoyarla desde diversas ciudades y redes sociales. 

Este hecho debe servirnos de reflexión a todos sin excepción alguna. Debe recordarse que existen topes, límites invisibles que no pueden traspasarse. Que hay palabras como "libertad" o "derechos" que cuando su uso se pervierte, acaba peligrando la propia democracia. 

Espero que en los próximos acontecimientos relacionados con esta cuestión, se pueda comprobar que vamos hacia adelante y no hacia atrás.  

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